Las dos Dianas
Las dos Dianas No sin experimentar viva emoción penetró Gabriel —hemos oÃdo que la mujer que le acompañaba le dio ese nombre—, no sin experimentar viva emoción, repetimos, penetró Gabriel en aquel salón que podrÃamos llamar de los recuerdos, pero la impresión que le produjeron sus sombrÃos muros, su dosel majestuoso, sus ventanales tallados en los sillares, que apenas si dejaban filtrar escasos resplandores, no obstante ser las diez de la mañana, no fue bastante poderosa, con serlo mucho, para hacer que olvidase el motivo que allà le llevaba. De aquà que, apenas cerrada la puerta, dijo: