Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Habla, mi querida Aloísa, mi buena nodriza. Viva es tu emoción, es verdad, mayor que la mía, pero que no sea pretexto para que dilates un momento la revelación del secreto que me has prometido. Hora es ya, Aloísa querida, de que me hables sin temor, y sobre todo, sin dilación. ¿No has vacilado bastante, mi buena nodriza? Y yo, hijo obediente, ¿no te he esperado lo suficiente? Cuando te preguntaba qué apellido tenía derecho a ostentar, a qué familia pertenecía, a qué caballero debí el ser, me respondías: «Gabriel: todo eso os lo revelaré el día que cumpláis diez y ocho años, el día que entre la mayoría de edad el que tiene derecho a llevar espada al cinto». Pues bien: estamos a cinco de mayo de mil quinientos cincuenta y uno, he cumplido los diez y ocho años, y cuando te he suplicado, mi querida Aloísa, que me cumplas tu promesa, me has contestado con solemnidad que casi me ha asustado: «No es en la humilde vivienda de un escudero donde debo revelaros quién sois, sino en el castillo de los condes de Montgomery y en el salón de honor del mismo». Hemos escalado la montaña, mi buena Aloísa, hemos franqueado los umbrales del castillo de los nobles condes, y nos hallamos en el salón de honor. Habla, pues.

—Sentaos Gabriel… y perdonad si una vez más os he dado ese nombre.

El joven tomó las dos manos de la mujer y las estrechó con cariño.


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