Las dos Dianas
Las dos Dianas En cambio preguntó mucho a Juan y a Babette Peuquoy: quiso saber si les había faltado algo, y sobre todo, las noticias que tuviesen de su hermano Pedro, que había quedado en Calais. Procuró después consolar a Babette, y pasó el resto del día entre sus amigos y sus servidores, conversando con todos con afecto y bondad, pero sin que se mitigase la negra melancolía que le dominaba.
Con Martín Guerra, que no separaba los ojos de su amo, estuvo extraordinariamente afectuoso, le preguntó con muestras de vivo interés, pero no hizo la menor alusión a la promesa que le empeñara en otro tiempo y pareció como si hubiera olvidado la obligación contraída de castigar al ladrón del nombre y de la honra de Martín, verdugo de este durante tanto tiempo.
Martín Guerra, por su parte, era demasiado respetuoso y muy poco egoísta para llamar la atención del vizconde sobre el particular.
Cuando cerró la noche, Gabriel se levantó, y con tono que no admitía contradicción ni réplica, dijo:
—Tengo que volverme a marchar. Vuelto hacia Martín, añadió:
—Mi querido Martín; me he ocupado de ti en mis correrías. Como nadie me conocía, he preguntado, he buscado, y creo haber encontrado la verdad que tanto te interesa. Has de saber que no he olvidado el compromiso que contigo contraje.