Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—¡Oh, monseñor! —exclamó el escudero contento y confuso al mismo tiempo.

—Te repito —continuó Gabriel— que he recogido indicios suficientes para creer que estoy en camino de descubrir y probar toda la verdad, pero es preciso que me ayudes tú por tu parte. Esta misma semana emprenderás la marcha para tu pueblo, pero no vayas a este en derechura: me basta con que de hoy en un mes te encuentres en Lyón. Allí iré yo a buscarte y nos pondremos de acuerdo para obrar.

—Obedeceré, monseñor —contestó Martín Guerra—. ¿Pero, no volveré a veros de aquí a entonces?

—No, no; es preciso que esté yo solo. Me voy, y os ruego que no intentéis detenerme, porque me afligiríais inútilmente. Adiós, mis queridos amigos. Dentro de un mes, Martín, en Lyón: no lo olvides.

—Allí os esperaré, monseñor —respondió el escudero.

Gabriel se despidió de Juan Peuquoy y de su mujer, dio un abrazo a Aloísa, y fingiendo que no reparaba en el dolor de esta, se puso en marcha por segunda vez, para reanudar la vida errante a la que al parecer se había condenado.


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