Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Capítulo XXII

SEIS semanas después, el día 15 de junio de 1558, la verde parra que atrevida trepaba por los oscuros muros de la casa más bonita de la aldea de Artigues, situada cerca de Rieux, encuadraba una escena desarrollada en el dintel de la puerta de aquella, que en medio de su sencillez algo tosca, no dejaba de tener cierto interés.

Un hombre, que a juzgar por el polvo que cubría sus pies, acababa de hacer una larga caminata, estaba sentado en un banco de madera. Una mujer, arrodillada ante él, le desataba los zapatos.

El hombre fruncía el entrecejo; la mujer sonreía.

—¿Acabarás de una vez, Beltrana? —preguntó el hombre con voz dura—. ¡Tu torpeza y tu lentitud me desesperan!

—Ya está, Martín —contestó sonriendo siempre la mujer.

—¿Ya? ¡Hum! —refunfuñó el llamado Martín—. ¡Muy pronto lo has dicho! ¿Dónde están los zapatos que me he de poner ahora? Apuesto a que no has tenido la previsión de traerlos, estúpida, y me obligarás a estar descalzo lo menos dos minutos.

Entró Beltrana corriendo en la casa, y reapareció al cabo de un segundo con otros zapatos, que se apresuró a calzar a su dueño y señor.


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