Las dos Dianas
Las dos Dianas —¿No he de estarlo? —gruñó MartÃn—. ¡Es mucho cuento que haya uno de conformarse con las estúpidas costumbres de este paÃs! ¿Por qué razón, todos los aniversarios de nuestra boda, he de rondar por esos pueblos y traer a comer a una pandilla de parientes muertos de hambre? HabÃa yo olvidado esa costumbre ridÃcula, y a fe que, si no me la hubieses recordado ayer, Beltrana… En fin, ya están todos invitados, y dentro de dos horas llegarán a esta casa toda esa parentela de mandÃbulas incansables y de vientres sin fondo.
—Gracias, MartÃn —dijo Beltrana—. Tienes razón; es una costumbre absurda, pero a la que no hay más remedio que conformarse, si no quiere uno pasar por orgulloso e insolente.
—¡La razón es de las que convencen! —exclamó MartÃn con ironÃa—. Pero dime, haragana: ¿qué has hecho tú? ¿Has preparado la mesa en el huerto?
—SÃ, MartÃn; tal como me lo habÃas ordenado.
—¿Has invitado al juez?
—SÃ, MartÃn, y me ha dicho que hará lo posible por asistir a la comida.