Las dos Dianas
Las dos Dianas Abrió el rey la boca con ánimo de dirigir a su hija una teoría poco paternal y algunos consuelos un tanto atrevidos, pero bastó que sus ojos tropezasen con la mirada cándida de Diana para cerrarla a tiempo. Calló, y su pensamiento no tuvo otra expresión que la de la sonrisa que asomó a sus labios mientras decía para sí:
—Por suerte o por desgracia, las costumbres de la corte, a las que concluirá por habituarse, la formarán.
A continuación añadió en voz alta:
—Es hora de ir a la iglesia, Diana. Acepta mi mano hasta la gran galería, y luego nos veremos en el palenque, donde, si no te ha causado mucho enojo mi tiranía, espero que te dignarás aplaudir los botes de mi lanza y mi destreza en los juegos.