Las dos Dianas
Las dos Dianas
L mismo día, mientras en el palenque se celebraban las fiestas y justas, el condestable de Montmorency interrogaba en el Louvre, en el mismo gabinete de Diana de Poitiers, a uno de sus confidentes secretos.
El espía era de estatura regular, cutis moreno, ojos y cabellos negros, nariz aguileña, barba hendida, labio inferior saliente, y un poco cargado de espaldas. Se parecía como una gota de agua a otra a Martín Guerra, el fiel escudero de Gabriel. Quien los hubiese visto separados, habría tomado al uno por el otro, y quien los encontrara juntos, los hubiera creído gemelos. Sus líneas y rasgos eran los mismos, la misma edad, los mismos el cuerpo y la postura.
—¿Y qué habéis hecho del correo, maese Arnaldo? —preguntó el condestable.
—Le he suprimido, monseñor —contestó el interrogado—. Era preciso; pero le suprimí aprovechando las sombras de la noche y en el bosque de Fontainebleau, y atribuirán su muerte a los ladrones. Soy prudente, monseñor.
—¡Cuidado, maese Arnaldo, mucho cuidado! La cosa es grave, y no puedo aprobar la facilidad con que recurrís al puñal.
—No retrocedo ante ningún obstáculo cuando del servicio de monseñor se trata.