Las dos Dianas
Las dos Dianas —Menos comprendo yo que pudiera ser tan asno que lo aguantase… Pero, dejemos esto: mi carácter se ha modificado mucho y el tuyo también: quiero hacerte esta justicia. Como dices muy bien, desde aquellos tiempos vergonzosos he visto mucho mundo y he aprendido mucho. Tu mal comportamiento me obligó a correr mundo; sin proponérmelo, he adquirido experiencia, y al regresar a mi casa el año pasado, restablecà el orden natural de las cosas, impuse en mi hogar el reinado de la normalidad. Algún trabajo me costó conseguirlo; pero el milagro se hizo, gracias a haber traÃdo conmigo otro MartÃn, el que yo llamo MartÃn-Estaca.
Ahora todo marcha a las mil maravillas, vivimos en paz, y somos modelo de matrimonios.
—¡Verdad es, gracias a Dios!
—¡Beltrana!
—¿Qué me mandas, MartÃn?
—Vas a volver inmediatamente a la casa del juez de Artigues —repuso MartÃn con entonación de soberano absoluto—. Renovarás tus instancias, y le arrancarás la promesa formal y terminante de asistir a nuestra comida. Ten entendido que, si no viene, te haré responsable a ti. Ya me entiendes. Vete, Beltrana, y vuelve en seguida.