Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Voy volando —contestó Beltrana. Arnaldo de Thill la siguió con una mirada de satisfacción. Cuando aquella desapareció, se tendió perezosamente en el banco, reflejando la beatitud egoísta y desdeñosa del hombre feliz que nada tiene que temer ni desear.

No vio a un caminante que, apoyado sobre su bastón, avanzaba trabajosamente por el camino, sufriendo los rigores de un sol abrasador, hasta que, llegado junto a Arnaldo, se detuvo preguntando:

—Dispensadme, amigo: ¿no habría en el pueblo una posada dónde yo pudiese descansar y comer?

—No —contestó Arnaldo sin moverse siquiera—. Si queréis encontrar algo parecido a una posada, tenéis que ir a Rieux, que dista dos leguas de aquí.

—¡Dos leguas más! —exclamó el caminante—. ¡Dos leguas y estoy rendido! ¡Daría de buena gana un doblón de oro por mi hospedaje!

—¿Un doblón de oro? —preguntó Arnaldo, tan codicioso como siempre—. Siendo así, mi buen amigo, en esta casa podremos proporcionaros, si lo deseáis, una cama en un rincón, y en cuanto a comida, hoy cabalmente celebramos con un banquete el aniversario de mi boda: no estorbará un convidado más. ¿Os conviene?

—¡Indudablemente! Ya os he dicho que me caigo de cansancio y de hambre.

—¡Pues no hay más que hablar! Pagaréis una moneda de oro.


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