Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Ahà va adelantada!
Incorporóse Arnaldo para recibir el doblón, y levantó al mismo tiempo el sombrero que cubrÃa sus ojos y parte de su cara.
El caminante retrocedió un paso lleno de sorpresa.
—¡Mi sobrino! —exclamó—. ¡Arnaldo de Thill!
Arnaldo se puso pálido; pero reponiéndose al instante, replicó:
—¿Vuestro sobrino? No os conozco. ¿Quién sois?
—¿Que no me conoces, Arnaldo? ¿No conoces ya a tu viejo tÃo materno Carbón Barreau, a quien tantos disgustos has dado? ¡Por supuesto, que en lo tocante a disgustos, en la misma medida que a mÃ, has favorecido a toda la familia!
—¡A fe mÃa que no! —contestó Arnaldo riendo con insolencia.
—¿Reniegas de mÃ, de ti, de tu sangre? ¿También has olvidado que mataste a disgustos a tu madre, mi santa hermana, pobre viuda que abandonaste en Sagias, hace ya diez años? ¿Conque no me conoces, mal corazón? ¡Pues yo te conozco a ti demasiado bien!