Las dos Dianas
Las dos Dianas —No sé de qué me estáis hablando, buen hombre —replicó Arnaldo sin desconcertarse—. No me llamo Arnaldo, sino MartÃn Guerra, ni soy de Sagias, sino de Antigües. Los viejos del paÃs, los que me han visto nacer, lo atestiguarán, y si deseáis que os tomen a risa, no tenéis más que repetir lo que acabáis de decirme a mà delante de mi mujer Beltrana de Rolles y de todos mis parientes, que no tardarán en venir.
—¡Vuestra mujer! ¡Vuestros parientes! —replicó Carbón Barreau estupefacto—. Dispensadme… ¿Estaré equivocado? ¡Pero, si no es posible! ¡Una semejanza tan completa…!
—Al cabo de diez años, las semejanzas son de difÃcil comprobación. Sin duda estáis delirando, buen hombre. No tardaréis en oÃr lo que dicen mi mujer y mis parientes, que están para llegar.
—En ese caso —dijo Carbón Barreau medio convencido—, podréis vanagloriaros de pareceros a mi sobrino Arnaldo de Thill como un huevo a otro huevo.
—Vos lo decÃs —contestó Arnaldo bromeando—; yo no me he vanagloriado de ello.