Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Ah! Cuando digo que podéis vanagloriaros, nada más lejos de mi ánimo para que nadie se envanezca de parecerse a un tunante de su calaña, ni mucho menos. Yo, que soy de la familia, puedo decir que mi sobrino es el bribón más redomado que se puede imaginar. Bien pensado, no debà confudiros con él, porque no es posible que viva a estas fechas. Han debido ahorcarle hace mucho tiempo.
—¿Lo creéis as� —preguntó Arnaldo.
—Me atrevo a asegurarlo, señor MartÃn Guerra —contestó Carbón Barreau con convicción—. Supongo que no os molestará que hable asà de ese canalla, toda vez que nada tiene que ver con vos, ¿verdad?
—A mà no; ¿por qué habÃa de molestarme? —dijo Arnaldo, no muy satisfecho.
—¡Cuántas veces me he dado la enhorabuena, delante de su pobre madre, hecha un mar de lágrimas, por haber permanecido soltero y no tener hijos, que acaso habrÃan deshonrado mi nombre, como mi sobrino ha deshonrado el de sus padres!
—¡Toma! ¡Pues ahora caigo! —pensó Arnaldo—. ¡Mi tÃo Carbón no tenÃa hijos, y, por consiguiente, herederos directos!
—¿En qué pensáis, señor MartÃn? —preguntó el viajero.