Las dos Dianas
Las dos Dianas —Pienso en que, pese a vuestras afirmaciones en contrario, señor Carbón, os alegrarÃais de tener hijos, y a falta de hijos, no os desagradarÃa ver a ese sobrino que tantos disgustos os ha ocasionado, pero a quien, no obstante sus calaveradas, tendrÃais algún afecto y hasta le legarÃais vuestros bienes.
—¿Mis bienes?
—Vuestros bienes, sÃ: El que siembra doblones de oro con tanta liberalidad como vos, no puede ser pobre. Pues bien: ese Arnaldo que decÃs que se me parece tanto, serÃa probablemente vuestro heredero… ¡Diablo! ¡Creed que siento no ser él!
—Arnaldo de Thill, si no hubiese muerto ahorcado, serÃa heredero mÃo a mi muerte; es cierto —contestó con gravedad Carbón Barreau—. He de decir, sin embargo, que no le sacarÃa de grandes apuros la herencia, porque no soy rico. Pago hoy un doblón de oro para que me proporcionen comida y lecho donde descansar, porque estoy extenuado de cansancio y de hambre, pero esto no significa que mi bolsa esté llena… Por desgracia, pesa poco; demasiado poco.
—¡Bah! —exclamó Arnaldo con incredulidad.