Las dos Dianas
Las dos Dianas —Olvidas, sin duda, que también lo fuiste mÃo —replicó Gabriel.
—¿Quién? ¿Yo? —preguntó Arnaldo, fingiendo la más viva sorpresa—. ¡Oh! ¡Perdonad, monseñor, si os digo que sufrÃs una equivocación!
—Tan seguro estoy de no sufrirla, que requiero explÃcitamente al juez de Artigues, aquà presente, a que te prenda y encarcele en el acto. ¿Hablo claro?
Todos los comensales hicieron un movimiento de terror. El juez quedó admirado y aturdido. Únicamente Arnaldo supo mantenerse tranquilo… en apariencia.
—¿Podré saber a lo menos de qué crimen se me acusa? —preguntó.
—Te acuso —contestó con entereza el vizconde— de haber suplantado inicuamente a mi escudero MartÃn Guerra, de haberle robado villana y traidoramente su nombre, su casa y su mujer, abusando de una semejanza tan completa con él, que a mà mismo me parecerÃa imposible si no tuviese pruebas evidentes.
La estupefacción de los convidados fue inmensa al oÃr aquella acusación terminante.
—¿Qué significa esto? —se preguntaban consternados—. ¿MartÃn Guerra no es MartÃn Guerra? ¿Qué brujerÃa es esta?