Las dos Dianas
Las dos Dianas
L que asà hablaba, con entonación imperiosa, arrojó la capa obscura en que iba embozado y el sombrero cuyas alas le cubrÃan parte del rostro. Los convidados de Arnaldo de Thill, que se volvieron al oÃr sus palabras, pudieron ver un caballero joven y gallardo, de continente altivo y vestido con riqueza.
Un criado suyo, que habÃa quedado a corta distancia, cuidaba de los dos caballos que les habÃan llevado allÃ.
Todos se pusieron en pie respetuosamente, sorprendidos e intrigados.
Arnaldo de Thill, pálido como un cadáver, murmuró asustado:
—¡El señor vizconde de Exmés!
—¡Contesta! —prosiguió Gabriel con voz de trueno—. ¿Me conoces?
Arnaldo, después de un momento de vacilación, durante el cual debió de calcular el alcance del peligro que se le venÃa encima y la manera de conjurarlo, contestó:
—Conozco, en efecto, al señor vizconde de Exmés, a quien algunas veces he visto en el Louvre y en otros sitios, cuando estuve al servicio del señor de Montmorency, pero no puedo creer que monseñor conozca a un pobre y oscuro servidor del condestable.
