Las dos Dianas
Las dos Dianas Tres horas después los comensales ocupaban aún sus asientos a la sombra de los olmos. No faltaba uno solo, ni el juez de Artigues, cuyo favor querÃa granjearse Arnaldo, y que se habÃa sentado en el puesto de honor.
Circulaban los vasos llenos de vino con tanta rapidez como los chistes y alegres chanzonetas. Los jóvenes hablaban del porvenir, los viejos del pasado. Carbón Barreau hubo de convencerse de que el dueño de la casa se llamaba MartÃn Guerra, puesto que como tal le conocÃan y trataban todos los vecinos de Artigues.
—Oye, MartÃn Guerra —decÃa uno—; ¿te acuerdas de aquel fraile agustino, el padre Crisóstomo, que nos enseñó a leer a los dos?
—¡Y tanto si lo recuerdo! —respondÃa Arnaldo.
—¿Te acuerdas, primo MartÃn —preguntaba otro—, que el dÃa de tu boda se dispararon por primera vez en el pueblo tiros de arcabuz, en señal de regocijo?
—Como si fuera ayer —contestaba Arnaldo, abrazando a su mujer como para reavivar sus recuerdos.
—Ya que tan buena memoria tienes —dijo de pronto una voz de timbre enérgico, a espaldas de los comensales—, ya que de tantas cosas sabes, Arnaldo de Thill, tal vez te acuerdes también de mÃ; ¿me equivoco?