Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Permitidme una sola palabra! —exclamó Carbón Barreau—. Me extrañaba que yo hubiese visto visiones. Puesto que, al parecer, existe otro individuo que se parece en todo al que hoy festeja aquà el aniversario de su boda, yo afirmo y juro que uno de los dos es mi sobrino Arnaldo de Thill, natural de Sagias, como yo.
—¡Ah! ¡No contaba yo con este socorro tan oportuno como providencial! —dijo Gabriel dirigiéndose al viejo—. ¿Reconocéis a este hombre como sobrino vuestro?
—Hablando con arreglo a mi conciencia, no me atreverÃa a precisar si mi sobrino es este o el que se le parece; pero sà a jurar que si se ha cometido alguna impostura, se puede acusar sin temor de ella a mi sobrino, muy acostumbrado a cometerlas.
—¿Lo oÃs, señor juez? —preguntó Gabriel—. El culpable podrá ser este o el otro, pero no queda duda de la comisión del delito.
—¿Pero, dónde está el que, a fin de suplantarme a mÃ, se finge suplantado? —preguntó con osadÃa Arnaldo—. ¿No van a carearme con él? ¿Se esconde, por ventura? Que se presente, y veremos quién de los dos dice verdad.