Las dos Dianas
Las dos Dianas —MartÃn Guerra, mi escudero —contestó Gabriel—, obedeciendo órdenes mÃas, se ha constituido preso en Rieux. Señor juez: soy el conde de Montgomery, capitán de guardias del rey. Me ha reconocido el mismo acusado. Pido que reduzcáis a ese hombre a prisión, como lo ha sido ya su acusador. Cuando entrambos estén en poder de la justicia, espero demostrar sin dificultad cuál de ellos es el impostor.
—Es evidente, monseñor —contestó el juez—. Que sea MartÃn Guerra conducido inmediatamente a la prisión.
—Yo mismo me constituiré en ella sin que nadie me acompañe —dijo Arnaldo—, porque quien no ha obrado mal, nada teme. Mis buenos y leales amigos y parientes —añadió dirigiéndose a sus invitados, creyendo que le convenÃa ganarse sus simpatÃas—: Cuento con vuestro sincero testimonio para salir airoso de este trance. Vosotros, que me habéis conocido, que me habéis tratado, diréis quién soy yo; ¿verdad?
—¡SÃ, sÃ! ¡Puedes estar tranquilo, MartÃn! —gritaron a coro los convidados.
En cuanto a Beltrana, habÃa creÃdo conveniente recurrir a un desmayo.