Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Ocho días después de la escena narrada, se celebraba la vista de la causa en el juzgado de Rieux, causa curiosa, complicada y de difícil fallo. Digna era, a no dudar, de la que da una idea el hecho de que, después de transcurridos próximamente trescientos años, todavía se hable de ella en nuestros días.

Si Gabriel de Montgomery no se hubiese mezclado en ella, es probable que los dignos jueces de Rieux, con toda su buena voluntad, no hubiesen conseguido poner en claro un asunto tan misterioso.

Lo primero que pidió Gabriel fue que bajo ningún pretexto fueran careados los dos adversarios hasta nueva orden. Los interrogatorios y pruebas fueron practicadas por separado, y tanto Martín como Arnaldo de Thill permanecieron en sus celdas rigurosamente incomunicados.

Martín Guerra, envuelto en una capa, fue puesto delante de su mujer, de sus parientes y de Carbón Barreau.

Todos le reconocieron: unánimemente declararon que era Martín Guerra, que la confusión era imposible.

Pero, presentado a su vez Arnaldo de Thill, afirmaron con la misma unanimidad que era Martín Guerra.

Todos gritaban, todos se asustaban, pero nadie daba un indicio que pudiese conducir a la justicia al esclarecimiento de la verdad.


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