Las dos Dianas
Las dos Dianas Explicó las extrañas circunstancias que habían hecho que tuviese a su servicio a los dos Martines, habló de los inexplicables cambios de conducta de su escudero, hoy moderado y virtuoso y mañana vicioso y truhán, terminando su discurso con un relato de los acontecimientos que al fin le hicieron sospechar la verdad. Nada omitió: ni los terrores de Martín, ni las felonías de Arnaldo; dio cuenta de las virtudes del uno y de los crímenes del otro, y consiguió que todos viesen clara como la luz del sol aquella historia obscura y embrollada. Unánimemente se pidió el castigo del culpable y la rehabilitación del inocente.
La justicia de aquellos tiempos era menos complaciente y menos cómoda para los culpables que la de nuestros días. Arnaldo estaba perdido sin remedio, y todavía desconocía los cargos abrumadores que pesaban sobre él. Cierto que no quedó tranquilo después de la prueba de la lengua vasca y del juego de pelota, pero creía que las explicaciones dadas a sus jueces habían sido más que suficientes. En cuanto a las medidas tomadas por el zapatero, ni se le alcanzó siquiera el objeto que pudieran tener. Por otra parte, tampoco sabía si el Martín Guerra auténtico había salido más airoso que él.