Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Interrogada por los jueces sobre si había observado variaciones substanciales en el carácter de su marido, contestó:

—¡Sí! ¡Realmente ha vuelto muy cambiado, pero ha sido en su ventaja!

Como la instaran a que se explicase con más claridad, añadió:

—Martín, en otro tiempo, era dócil y bueno como un cordero, se dejaba dirigir y gobernar por mí hasta tal extremo, que a mí misma me dio vergüenza muchas veces. Pero ha vuelto hecho un hombre, un amo en toda la extensión de la palabra. Me ha hecho ver que yo procedí mal en otro tiempo, me ha demostrado que mi obligación, como mujer que soy, es obedecerle. Hoy soy yo la que obedezco, la que bajo la cabeza cuando él habla o levanta la mano. Esa autoridad la ha adquirido en sus viajes; desde que regresó, cada uno de nosotros ocupa el puesto que le corresponde. Me he acostumbrado a obedecer, y estoy muy contenta.

Otros vecinos de Artigues declararon que Martín Guerra fue siempre inofensivo, piadoso y bueno, pero que, desde su regreso, observaron que era agresivo, impío y malo, añadiendo, como el zapatero y Beltrana, que atribuían semejantes cambios de carácter a sus viajes.

El conde de Montgomery habló al fin en medio del respetuoso silencio de los jueces y de los circunstantes.


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