Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Puedo asegurar —dijo— que Martín calzaba en otro tiempo nueve puntos, y que me sorprendió que a su regreso calzase doce. Creí, sin embargo, que sus muchos viajes habrían alargado sus pies.

Tomó entonces medida al único pie que la Providencia había conservado al verdadero Martín Guerra, sin duda para que contribuyese al triunfo de la verdad, y el zapatero, terminada su faena, reconoció y proclamó que era aquel el pie auténtico que tantas veces había calzado, y que, a pesar de los largos viajes, era como fue antes.

Desde aquel instante, todos proclamaron la inocencia de Martín y la culpabilidad de Arnaldo.

Pero no eran bastantes estas pruebas materiales: Gabriel quería aportar testimonios morales.

Hizo que compareciera el campesino que Arnaldo había enviado a París con el encargo de anunciar que Martín Guerra había sido ahorcado en Noyón. El buen hombre lo declaró así, añadiendo que experimentó la sorpresa mayor de su vida al encontrar en un palacio de la calle de los Jardines de San Pablo al mismo a quien días antes vio viajando en dirección a Lyón, circunstancia que despertó las primeras sospechas de Gabriel.

Declaró de nuevo Beltrana de Rolles.

La pobre mujer, no obstante el cambio completo de la opinión, continuaba declarándose en favor de quien la dominaba por el miedo.


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