Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Los vecinos de Artigues de la misma edad que Martín recordaban aún con envidia su habilidad y fuerza en el juego de pelota. A su regreso al pueblo, el falso Martín Guerra no aceptó ninguno de los partidos que le propusieron, pretextando que había recibido una herida en la mano derecha. En cambio, el Martín Guerra auténtico disfrutó lo indecible jugando en presencia de sus jueces con los pelotaris más afamados del pueblo. Lo hizo sentado y envuelto en una capa, limitándose a devolver las pelotas que le enviaban, pero las jugaba con habilidad y fuerza verdaderamente prodigiosas.

A partir de aquella prueba, las simpatías públicas, tan importantes en casos como el que se trataba de esclarecer, se declararon por Martín, es decir, en favor del derecho, por extraño que parezca.

Otra prueba acabó de perder a Arnaldo en el ánimo de los jueces.

La talla de los dos acusados era exactamente igual; pero Gabriel, que andaba constantemente al acecho de indicios creyó descubrir que el pie de su leal escudero, el único que le quedaba, era bastante más pequeño que los de Arnaldo de Thill.

El viejo zapatero de Artigues, citado por el tribunal, presentó las medidas antiguas y las nuevas.


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