Las dos Dianas
Las dos Dianas Contó con lógica admirable cuanto había hecho desde niño, interpeló a sus parientes, a sus amigos, a sus vecinos, les recordó circunstancias e incidentes que ellos mismos habían olvidado, y rio de ciertas cosas y se enterneció al recordar otras.
No sabía hablar vascuence ni podía jugar a la pelota, nada más cierto, pero dijo que no todos retienen en la memoria las lenguas que aprenden en la adolescencia, y en cuanto a la pelota, allí estaba la cicatriz de su mano, patente a todos, pregonando por qué no podía jugar. Ignoraba si su adversario había dejado satisfechos a los jueces en lo referente a los dos puntos; pero, aun cuando así fuera, no costaba tanto trabajo aprender un dialecto y ejercitarse en un juego.
Añadió que el señor conde de Montgomery, engañado, a no dudar, por algún intrigante, le acusaba de haber robado a su escudero los documentos que acreditaban su identidad, pero sin presentar prueba alguna material de su acusación.
El campesino de quien se había hablado en la vista de la causa, podía muy bien ser un cómplice del que pretendía hacerse pasar por Martín.