Las dos Dianas
Las dos Dianas —¿Por qué? —preguntó Arnaldo.
—¿Preguntáis por qué? Pues porque ha tardado una eternidad en rendirse a la evidencia. ¡A buena hora viene con su convencimiento! ¡Precisamente mañana dicta y publica oficialmente el tribunal la sentencia! Supongo que sois de mi opinión, ¿verdad? De consiguiente, voy a echar a cajas destempladas a la ingrata.
El carcelero dio un paso hacia la puerta; pero Arnaldo de Thill le detuvo diciendo:
—¡No, no, no! No la despidáis; quiero verla, sÃ, quiero verla. Puesto que tiene autorización de mis jueces, hacedla entrar, amigo mÃo.
—¡Siempre el mismo! —gruñó el carcelero—. ¡Siempre tan bonachón, tan generoso! ¡Bien dicen que genio y figura…! Si dejáis que vuestra mujer recobre el ascendiente que antes tenÃa sobre vos, mal os veo, amigo… Pero, en fin, cuenta vuestra es y no mÃa.
Salió el carcelero encogiéndose de hombros como compadeciendo al preso.
Dos minutos después volvÃa acompañando a Beltrana. Principiaba a anochecer.
—Os dejo solos —dijo el carcelero—, pero volveré a buscar a Beltrana antes de que cierre por completo la noche. Aprovechad bien el cuarto de hora que os conceden, para reñir o para reconciliaros, como mejor os convenga.
Inmediatamente salió de nuevo.