Las dos Dianas
Las dos Dianas Arnaldo de Thill, acostumbrado a contenerse, no manifestó ninguna sorpresa, pero apenas se vio solo, corrió a registrar el cofre.
Encontró ropas, nada más que ropas, pero eran estas de un color y de una forma que Arnaldo creyó recordar. Sobre todo había dos casacas de paño pardo y dos calzones de punto amarillos, que llamaron su atención por el color y por el corte.
—¡Oh! —se dijo Arnaldo—. ¡Sería gracioso…!
No pudo continuar su soliloquio porque entró en aquel momento en su celda su desconocido carcelero.
—¡Hola, maese Martín Guerra! —dijo al preso dándole un golpecito en la espalda, como para probarle que si él no conocía a su carcelero, este en cambio le conocía a él perfectamente.
—¿Qué hay de nuevo? —preguntó Arnaldo.
—Hay, amigo mío, que vuestro asunto, por las trazas, va admirablemente bien. ¿Sabéis quién ha obtenido de los jueces, y solicita ahora de vos el favor de conversar con vos durante algunos instantes?
—¡Por vida mía que no! ¿Cómo queréis que lo sepa? ¿Quién puede ser…?
—Vuestra mujer, amigo mío; vuestra mujer, Beltrana de Rolles en persona, que empieza a ver, sin duda, de parte de quién está la justicia y el derecho. Si yo estuviera en vuestro pellejo, no la recibiría.