Las dos Dianas
Las dos Dianas
E comprenderá fácilmente que Arnaldo de Thill durmió muy poco aquella noche. Tendido en su lecho de paja, se la pasó entera con los ojos abiertos, calculando las probabilidades que tenía de salir con bien de su apuro, combinando los recursos que a mano tenía y fraguando planes. Atrevido era, a no dudar, el proyecto que había concebido de suplantar una vez más al infeliz Martín Guerra, pero acaso en el mismo atrevimiento estuviera el secreto de su triunfo.
¿Retrocedería ante un golpe más o menos de audacia el hombre a quien la casualidad servía tan admirablemente? ¡Nunca! Arnaldo tomó al momento su partido, dispuesto a acomodar su conducta a los incidentes que pudieran sobrevenir y a las circunstancias imprevistas.
En cuanto amaneció, pasó revista a su indumentaria y la encontró irreprochable. Satisfecho de su examen, dedicó algún tiempo a ensayar de nuevo el modo de andar y los movimientos de Martín Guerra. La imitación era perfectísima, aunque quizás adoleciese de un pequeño defecto: el de exagerar el aire bonachón de su alter ego. Aquel bribón habría sido un cómico excelente.
Serían las ocho de la mañana cuando la puerta de su celda giró sobre sus goznes.
Arnaldo de Thill refrenó un estremecimiento y procuró adoptar una actitud indiferente y tranquila.
