Las dos Dianas
Las dos Dianas El carcelero con quien habÃa hablado la vÃspera entró acompañando al conde de Montgomery.
—¡Diantre! —se dijo Arnaldo—. Se precipita la crisis; recibámosla con serenidad.
Aguardaba con verdadera ansiedad la primera palabra que le dirigiera el conde.
—Buenos dÃas, mi pobre MartÃn Guerra —le dijo Gabriel.
Respiró Arnaldo de Thill. El conde de Montgomery, al llamarle MartÃn, le miraba a la cara. El error se repetÃa. ¡Arnaldo se habÃa salvado!
—Buenos dÃas, mi bueno y querido señor —contestó Arnaldo con efusión de agradecimiento no del todo fingido—. ¿Qué novedades hay, monseñor? —tuvo la audacia de preguntar.
—Hoy por la mañana se dictará probablemente sentencia —dijo Gabriel.
—¡Loado sea Dios! Estoy deseando que acabe pronto esto. Supongo que no habrá ya nada que temer en lo sucesivo, ¿verdad, monseñor? ¡Triunfará la razón!
—Asà lo espero —contestó Gabriel, mirando a Arnaldo con más fijeza que nunca—. El infame Arnaldo ha recurrido a medios desesperados.
—¡Es posible! ¿Y qué maquina ahora el miserable?
—¡No lo vas a creer! El traidor quiere repetir los quid pro quo de marras.