Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Los aires de su país, la vista de los lugares donde se había deslizado su juventud, el cariño de sus padres y de sus amigos y, más que nada, los cuidados solícitos de Beltrana, borraron en muy pocos días de la frente de Martín Guerra hasta la sombra de sus pasados pesares.

Estaba el leal escudero sentado a la puerta de su casa, una tarde del mismo mes de julio, debajo de la parra, después de un día feliz y tranquilo. Su mujer estaba entretenida, dentro de la casa, en sus faenas domésticas, pero Martín, si no la tenía delante, la oía ir y venir: ¡no estaba solo!, y miraba a su derecha al sol, que se acercaba en todo su esplendor a su lecho de púrpura.

Martín Guerra, embebecido en esta contemplación, no vio a un caballero que se acercaba por su izquierda y que llegó hasta él sin hacer ruido.

El caballero se detuvo un instante mirando con grave sonrisa a Martín, y luego alargó una mano y, sin decir palabra, la colocó sobre un hombro del escudero.

Martín Guerra se volvió con rapidez y dijo con acento conmovido:

—¡Vos aquí, monseñor! ¡Perdonadme que no os haya visto venir!

—No te disculpes, mi querido Martín, que no he venido para turbar tu tranquilidad, sino para cerciorarme de que eres feliz —contestó Gabriel, pues él era.


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