Las dos Dianas
Las dos Dianas Ni siquiera tuvo necesidad Beltrana de repetir las súplicas y protestas que, errando hasta el fin, había dirigido a Arnaldo de Thill, creyendo que hablaba con su marido. No le dio Martín Guerra tiempo para deplorar de nuevo sus errores y debilidades, sino que le atajó la palabra con un beso y se la llevó, rebosando alegría, a su casita de Artigues, que no había vuelto a ver en tanto tiempo.
Delante de aquella misma casita, que al fin volvía a poder de su poseedor legítimo, sufrió Arnaldo de Thill, a los ocho días de ser sentenciado, la pena que merecían sus crímenes.
De veinte leguas a la redonda acudieron para presenciar la ejecución, y las calles del pueblo de Artigues estuvieron aquel día más concurridas que las de la capital.
Justo es decir que el reo desplegó algún valor en sus últimos momentos, y que supo coronar con una muerte ejemplar una existencia indigna.
Después que el verdugo gritó por tres veces, según costumbre: ¡Se ha hecho justicia!, mientras las turbas se retiraban silenciosas y aterradas, en la casa de la víctima del ajusticiado había un hombre que lloraba y una mujer que rezaba: Martín Guerra y Beltrana de Rolles.