Las dos Dianas
Las dos Dianas —Imploro —dijo— la clemencia de Dios y el perdón de los hombres, y estoy dispuesto a sufrir mi castigo con la resignación de un cristiano.
MartÃn Guerra, que estaba presente, dio nuevas pruebas de su identidad deshaciéndose en lágrimas al escuchar las palabras, tal vez hipócritas, de su enemigo.
Hizo más: se sobrepuso a su timidez habitual para preguntar al presidente si no habrÃa algún medio de obtener el perdón de Arnaldo de Thill, a quien él, por su parte, perdonaba de todo corazón.
Pero contestaron a MartÃn Guerra que únicamente el rey tenÃa el derecho de perdonar, y que, tratándose de crÃmenes tan enormes era indudable que se negarÃa a indultar, aun cuando el tribunal se atreviese a solicitar su perdón.
—¡SÃ! —murmuraba mentalmente Gabriel—. El rey negarÃa el indulto, no concederÃa el perdón, y sin embargo, él también necesitarÃa que le perdonasen. Con razón se mostrarÃa inflexible… ¡No! ¡No hay perdón! ¡Justicia… hágase justicia!
Es lo probable que MartÃn Guerra no pensase como su señor, porque arrastrado por el deseo de perdonar que le animaba, abrió sus brazos a Beltrana de Rolles, que estaba contrita y arrepentida.