Las dos Dianas
Las dos Dianas —Cierto, monseñor, y esa es, sin duda, una de las causas de mi satisfacción. He corrido ya bastante mundo, he visto bastantes batallas, he velado, he ayunado, he sufrido bastante para tener cierto derecho, ¿verdad que sÃ, monseñor?, a descansar algunos dÃas. En cuanto a la abundancia —continuó con entonación más grave—, efectivamente he encontrado rica mi casa, más rica de lo que conviene a mi tranquilidad de conciencia, porque hay en ella dinero que no me pertenece y que no he de tocar. Lo trajo Arnaldo de Thill, y mi intención es devolverlo a quien en derecho corresponda. En su mayor parte es vuestro, monseñor, porque se trata del importe de vuestro rescate, que debió ir a Calais y no llegó. He separado ya esa cantidad y la tengo a vuestra disposición, monseñor. En cuanto al sobrante, ignoro si Arnaldo de Thill lo robó o si lo adquirió legalmente, pero es igual, pues en uno y otro caso opino que es un dinero que debe de manchar los dedos. Carbón Barreau piensa como yo, y como es un hombre honrado y tiene lo necesario para vivir, se niega a recoger la herencia de su sobrino. He pensado, pues, repartirlo entre los pobres, después de pagar las costas de justicia.
—¿Entonces te quedará muy poca cosa, mi pobre MartÃn? —preguntó Gabriel.