Las dos Dianas
Las dos Dianas —Perdonad, monseñor, que os contradiga, pero no se sirve tantos años como he servido yo a un señor tan generosa como vos sin hacer algunas economÃas. En mi maleta traje de ParÃs una cantidad bastante respetable: además, la familia de Beltrana poseÃa algunos bienes y le ha legado un patrimonio muy regularcito. En una palabra: después de pagadas nuestras deudas y de hechas las restituciones, aún seremos los ricachones del pueblo.
—A propósito de las restituciones, MartÃn, espero que aceptaras de mà lo que hubieses rechazado viniendo de Arnaldo. Te ruego, mi fiel servidor, que te quedes con la cantidad que dices que me pertenece, guardándola y disfrutándola como recuerdo mÃo y como recompensa.
—¡Es posible, monseñor! —exclamó MartÃn—. ¿Cómo he de aceptar un regalo de tanta importancia?