Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—¡Vamos, Martín! ¿Crees que mi intención es pagar tu lealtad, tu abnegación? ¡No! En ese caso sería yo siempre deudor tuyo. Tratándose de mí, deja a un lado el orgullo, y no hablemos más del asunto. Quedamos en que aceptas lo que te ofrezco, no tanto por ti cuanto por mí, puesto que ya me has dicho que no te es necesaria esa cantidad para vivir rico en tu país, y mi regalo en nada puede aumentar tu dicha. Y a propósito de tu dicha, es posible que tú no hayas caído en la cuenta de que, en gran parte, la debes a haber vuelto a los lugares donde se deslizó tu niñez y donde pasaste los primeros años de tu juventud: ¿no te parece?

—Verdad es, monseñor. Me encuentro muy a gusto desde que llegué, solamente por el hecho de verme en mi pueblo y en mi casa. No podéis figuraros con cuánto embelesamiento contemplo las calles, los árboles, los caminos, en los cuales ni repararán siquiera los extraños. Decididamente creo que sólo se respira bien el aire que se respiró al nacer.

—¿Y qué me dices de tus amigos, Martín? Ya antes te manifesté que el objeto de mi venida ha sido convencerme por mis propios ojos de tu dicha. ¿Has vuelto a encontrar a tus amigos antiguos?


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