Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Ay, monseñor! Algunos han muerto ya, pero aún he encontrado a muchos y todos me quieren como me quisieron antes. Todos ellos reconocen con satisfacción mi sinceridad y se acuerdan de mi buena amistad y de mi abnegación. Hasta se avergüenzan de haberme podido confundir con Arnaldo de Thill, quien parece que les dio algunas pruebas de tener un carácter muy diferente del mÃo. Hay dos o tres que riñeron con el falso MartÃn Guerra a causa del mal proceder de este. ¡Hay que ver lo orgullosos y lo contentos que ahora están! Para abreviar, monseñor: me colman a porfÃa de demostraciones de aprecio, deseosos probablemente de recuperar el tiempo perdido, y ya qué tenéis interés por saber los motivos de mi dicha, os aseguro, monseñor, que este es uno de los más gratos.
—Te creo, mi buen MartÃn, te creo… Pero entre los que tantas pruebas de cariño te dan, no me hablas de tu mujer.
—¿De mi mujer? —preguntó MartÃn rascándose una oreja.