Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Adiós, Martín; necesito dejarte y volver a París, a fin de encontrarme dispuesto y en mi sitio el día que Dios se sirva señalar. Defendí hasta hoy lo justo; me batí siempre en favor de la equidad: ¡quiera el Señor tenerlo presente el día supremo de que hablo! ¡Ojalá haga justicia a su servidor, como he hecho yo que se la hicieran al mío!

Y levantando los ojos al cielo, repitió el noble joven:

—¡Justicia, Señor, justicia!

Desde hacía seis meses, siempre que Gabriel abría los ojos los clavaba en el cielo pidiendo justicia, y siempre que los cerraba veía la tétrica prisión del Chatelet proyectada en su pensamiento, más tétrico aún que aquella, y entonces gritaba:

—¡Venganza, Señor, venganza!

Diez minutos después se despedía Gabriel de Martín Guerra y de Beltrana, llamada por su marido.

—¡Adiós, mi fiel amigo! ¡Adiós, mi buen Martín! —dijo, separando casi a viva fuerza sus manos de las del escudero, que las besaba sollozando—. Tengo que marcharme… ¡Adiós…! ¡Hasta la vista!

—¡Adiós, monseñor… y que Dios os guarde! ¡Oh, sí! ¡Qué os guarde, monseñor!

Fue lo único que pudo decir el pobre Martín, medio sofocado por las lágrimas.


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