Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Por eso tengo que estar solo; para realizar esa obra siniestra que yo quisiera llevar a cabo, y así lo pido al Cielo, como instrumento ciego, y no como ser dotado de inteligencia y de voluntad. Ahora bien: si yo pido a Dios, si yo anhelo y espero que en el cumplimiento de mi terrible misión solamente la mitad de mi ser tome parte, ¿cómo quieres, Martín, que te asocie a mi obra?

—Tenéis razón, monseñor —respondió el escudero bajando la cabeza—. Os agradezco que os hayáis dignado darme esta explicación, aunque me aflige en extremo, y me someto y resigno, conforme os había prometido.

—Y yo, a mi vez, te doy las gracias por tu sumisión. Dadas las circunstancias en que me encuentro, el verdadero afecto para mí consiste en no añadir peso a la carga de responsabilidad que me abruma.

—¿Y nada absolutamente puedo hacer en vuestro servicio, monseñor?

—Sí, Martín: puedes pedir a Dios que, oyendo benigno mis ruegos, me libre de la necesidad de tomar una iniciativa que tanto me repugna. Tienes un corazón piadoso, amigo mío; tu vida fue siempre honrada y pura; y tus oraciones podrán servirme más que tu brazo.

—¡Rezaré, monseñor; rezaré con todo el fervor de mi alma!


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