Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Es triste, Martín, muy triste, y no admite réplica —contestó Gabriel con voz profunda—. Hasta aquí, Martín, ha sido mi vida una cadena de honores, y, si yo hubiera querido que mi nombre se pronunciase con más frecuencia, podría vanagloriarme de haber vivido una existencia gloriosa. Creo honradamente que he prestado servicios inmensos a mi patria y al rey, creo que, aun cuando en mi haber no tuviese otros méritos que los contraídos en San Quintín y en Calais, habría pagado mi deuda a Francia.

—Nadie lo sabe mejor que yo, monseñor.

—Sí, Martín; pero si ha sido leal y generosa esta primera parte de mi existencia, si los años anteriores de mi vida pueden y merecen exhibirse a la luz del día, los que me restan serán sombríos, espantosos, y buscarán el secreto y las tinieblas. Claro está que tendré que desplegar la misma energía que desplegué hasta aquí, pero será en defensa de una causa que nunca confesaré, en defensa de un fin que ocultaré celoso. Hasta hoy quería ganar un premio trabajando en campo abierto, ante Dios y ante los hombres; en lo sucesivo, me consagraré a la venganza de un crimen moviéndome en la oscuridad. Antes me batía; ahora mi misión es castigar. He sido soldado de Francia; ahora seré verdugo de Dios.

—¡Jesús! —exclamó Martín Guerra juntando las manos.


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