Las dos Dianas
Las dos Dianas —SÃ, MartÃn, lo sé; pero también es deber mÃo no abusar de ese celo, de esa abnegación que tanto te honran y que con toda mi alma te agradezco. Pasemos al segundo motivo: el doloroso accidente de que fuiste vÃctima en Calais no te permite, mi pobre MartÃn, desplegar en mi servicio la actividad a que me tienes acostumbrado.
—¡Razón tenéis, monseñor! ¡Ya no puedo, pobre de mÃ, combatir a vuestro lado ni montar con vos a caballo! Pero en ParÃs, en Montgomery y aun en el mismo campamento, hay cargos de confianza que podrÃais, creo yo, encomendar a este pobre inválido, seguro de que procurarÃa cumplirlos del mejor modo posible.
—Tan persuadido estoy de ello, MartÃn, que es posible que mi egoÃsmo me obligase a aceptar tus servicios si no existiese el tercer motivo.
—¿Puedo saber cuál es, monseñor?
—Sà —contestó Gabriel con gravedad melancólica—, pero a condición de que no trates de saber más de lo que yo te diga, de que te darás por satisfecho y de que no insistirás en seguirme.
—¡Grave será el motivo cuando tan desmesuradas son las condiciones!