Las dos Dianas
Las dos Dianas —Para que arregle mi maleta y para despedirme de ella, monseñor.
—Es inútil, mi buen MartÃn, porque no vienes conmigo.
—¿Que no me lleváis con vos, monseñor?
—No, amigo mÃo; me voy solo.
—¿Para no volver?
—A lo menos, para no volver en mucho tiempo.
—¿Qué motivo de queja tenéis contra mÃ, monseñor? —preguntó MartÃn.
—Absolutamente ninguno, MartÃn; eres el mejor y más fiel de los servidores.
—¡Pues lo natural es que el servidor acompañe al señor, el escudero a su caballero, y sin embargo, no me lleváis!
—Para no llevarte, tengo tres motivos.
—¿Será mucho atrevimiento preguntaros cuáles son, monseñor?
—En primer lugar, serÃa una crueldad arrebatarte esa dicha que has venido a disfrutar tan tarde y ese reposo que tan bien te has ganado.
—Ese motivo no me convence, monseñor; mi deber es acompañaros y serviros hasta que suene mi última hora, y es un deber que cumplirÃa gustoso, porque creo que por vos renunciarÃa hasta al paraÃso.