Las dos Dianas
Las dos Dianas —Vuelvo a repetir que no hablemos más de eso, MartÃn, que lo único que yo deseo es que disfrutes de esos bienes que posees y que seas feliz. Lo eres, ¿verdad? RepÃteme que eres dichoso.
—Os lo repito, monseñor; soy feliz como no lo he sido nunca.
—Es cuanto deseaba saber: ahora, puedo marcharme tranquilo.
—¡Cómo marcharos, monseñor! —exclamó MartÃn—. ¿Tan pronto?
—SÃ, MartÃn; nada me retiene ya aquÃ.
—Tenéis razón… ¿Y cuándo pensáis marcharos?
—Esta misma noche.
—¡Y no me lo habéis advertido, monseñor! —exclamó MartÃn—. ¡Y yo aquà descuidado, dormido, sin acordarme de nada! ¡Pero aguardad un momento, monseñor que no tardaré mucho!
—¿Qué estás diciendo?
—Que en un abrir y cerrar de ojos hago todos los preparativos.
Se levantó ágil y corrió presuroso hacia la puerta de la casa gritando:
—¡Beltrana! ¡Beltrana!
—¿Para qué llamas a tu mujer, MartÃn? —preguntó Gabriel.