Las dos Dianas
Las dos Dianas Si resultaban fallidas estas dos probabilidades, Gabriel, acostumbrado a ir a remolque de los acontecimientos, variaría de conducta y tendría que dejar su venganza encomendada a Dios.
Pero no parecía que hubiesen de faltarle ninguna de las dos probabilidades. Un día, el 13 de junio, recibió casi simultáneamente dos cartas. La primera se la llevó, a eso de las cinco de la tarde, un hombre misterioso que no quiso entregarla a nadie más que a él, y que no la dejó en sus manos hasta después de haber cotejado su rostro con las señas precisas que sin duda traía perfectamente grabadas en su memoria.
He aquí los términos en que estaba concebida:
Amigo y hermano:
Llegó la hora. Los perseguidores han arrojado la careta. ¡Bendigamos a Dios! ¡El martirio conduce a la victoria!
Esta noche, a las nueve, buscad, en la Plaza de Maubert una puerta de color oscuro señalada con el número 11.