Las dos Dianas
Las dos Dianas —¿Qué queréis? —le preguntó otra voz.
—Lo que es justo —contestó Gabriel.
Al momento se abrió una puerta y Gabriel entró en una cámara débilmente iluminada.
HabÃa allà un hombre solo, el cual se acercó a Gabriel y le dijo en voz baja:
—Ginebra.
—Gloria —respondió al punto el visitante.
El hombre tocó un timbre y La Rénaudie entró en seguida por una puerta secreta.
Se acercó a Gabriel y le estrechó la mano con cariño, preguntándole:
—¿Sabéis lo que ha sucedido hoy en el Parlamento?
—No he salido de mi casa —respondió Gabriel.
—Entonces, vais a saberlo aquà —repuso La Rénaudie—. No os habéis comprometido todavÃa con nosotros, pero no importa: nos comprometeremos nosotros con vos. Sabréis todos nuestros proyectos, contaréis nuestras fuerzas, os haremos dueño de todos los secretos de nuestros partido, y esto sin obligaros a nada, dejándoos en libertad absoluta de obrar solo o con nosotros, como os acomode. Me habéis dicho que con el corazón sois nuestro, y esto me basta. Ni siquiera os pido vuestra palabra de caballero de que no revelaréis nada de cuanto vais a ver y a oÃr: con vos, las precauciones son innecesarias.