Las dos Dianas
Las dos Dianas
A casa número 11 de la Plaza de Maubert, en la que La Rénaudie citaba a Gabriel en su carta, era el domicilio de un abogado llamado Trouillard. Se susurraba ya entre el pueblo que la casa en cuestión era un centro donde se reunían los herejes. Los cánticos que algunas noches oían los vecinos dieron consistencia a estos rumores, ciertamente peligrosos, pero en definitiva no habían pasado de rumores, y la policía no había pensado aún en comprobarlos.
Sin dificultad alguna encontró Gabriel la puerta de color oscuro y, siguiendo las instrucciones de la carta, dio sobre aquella tres golpes, separados entre sí por intervalos regulares.
Se abrió la puerta como automáticamente, pero una mano asió la de Gabriel y una voz le dijo al oído:
—No subáis, porque no veréis claro.
—Traigo conmigo una luz —contestó Gabriel ateniéndose a la fórmula.
—En ese caso, entrad, y seguid a la mano que os guía —repuso la voz.
Obedeció Gabriel, y cuando hubo dado algunos pasos, la mano le soltó y la voz dijo:
—Subid ya.
Gabriel tocó con el pie el primer peldaño de la escalera. Subió diecisiete y se detuvo.
