Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Ah, monseñor! ¡Acabo de verle!… ¡Ha pasado junto a mÃ!… ¡Me ha hablado!
—¿Pero, quién?
—¿Quién? Si no fue Satanás, el fantasma, la aparición, el monstruo, el otro MartÃn Guerra.
—¿Persiste aún esa locura, MartÃn? ¿Es que sueñas despierto?
—No, no, monseñor; ni sueño ni estoy loco. Me ha hablado, se paró delante de mÃ, y me dejó petrificado con su mirada magnética y su risa infernal. «¡Hola! —me dijo—. ¿Continuamos al servicio del vizconde de Exmés»? Observad, señor, que habló en plural, que dijo continuamos. «¿Y hemos traÃdo de Italia las banderas arrancadas al enemigo por el duque de Guisa?», —añadió, también en plural. Contesté que sà con un movimiento de cabeza, porque me era imposible articular palabra, monseñor. ¿Cómo habrá sabido esa noticia? Luego repuso: «No tengamos miedo, pues somos amigos y hermanos». En esto oyó el ruido de vuestros pasos, monseñor, y con diabólica ironÃa, que me puso los cabellos de punta, terminó asÃ: «Nos veremos, MartÃn Guerra, nos veremos». Y desapareció, ignoro si por esa puerta o filtrándose por el muro.
—¡Estás loco! —dijo Gabriel—. ¿No comprendes que no ha tenido tiempo material para decir y hacer lo que me cuentas desde que me separé de ti en la galerÃa?