Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Yo en la galerÃa, monseñor! ¡Si no me he movido de aquÃ, si no he salido del patio dónde me mandasteis que esperara!
—¡Cuando digo que estás loco! ¿A quién, si no a ti, he dado mis últimas órdenes hace un instante?
—Al otro seguramente, monseñor; al segundo yo, al espectro.
—¡Pobre MartÃn! —exclamó con acento compasivo Gabriel—. Estás malo, ¿verdad? Tu cabeza no funciona bien, tal vez debido a lo mucho que hemos andado al sol.
—¿Suponéis todavÃa que deliro, verdad? Pues la prueba de que no me he movido de aquà es que no sé una palabra de las órdenes que decÃs que me habéis dado.
—Las has olvidado, MartÃn —replicó con dulzura Gabriel—. Pues bien: te las repetiré, amigo mÃo. Te encargué antes que fueses con las banderas a esperarme a la esquina de las calles de San Antonio y de Santa Catalina, que te acompañarÃa Jerónimo, y que Cristóbal quedarÃa conmigo. ¿Vas haciendo memoria?
—Perdonadme, señor; pero ¿cómo queréis que haga memoria de lo que jamás he oÃdo?
—En fin, ya lo sabes ahora, MartÃn. Vamos a tomar nuestros caballos al portillo, donde debe de tenerlos nuestra gente, y nos pondremos inmediatamente en marcha.