Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Obedezco, monseñor. En suma, mi desgracia os proporciona dos escuderos, lo que es mejor que tener dos amos.

Habíase instalado el palenque en la calle de San Antonio y en el espacio comprendido entre las Tournelles y las caballerizas reales, y formaba un cuadrilongo a cuyos lados se habían levantado tablados para los espectadores. En uno de los extremos tenían sus asientos la reina y su corte, y en el opuesto estaba la entrada, donde esperaban los campeones que debían tomar parte en las justas. El gentío se agolpaba en las otras dos galerías.

Cuando a eso de las tres de la tarde, después de la ceremonia religiosa y del banquete que la siguió, la reina y la corte ocuparon los asientos que les estaban designados, resonaron por todas partes vivas y aclamaciones de júbilo. Pero estas demostraciones estrepitosas de alegría fueron causa de que la fiesta comenzase con una desgracia. El caballo que montaba el capitán de guardias llamado d’Avallon, se espantó al oír la algazara, se encabritó y botó en la arena, y concluyó por desmontar violentamente al jinete, proyectándole de cabeza contra una de las vallas de madera que formaban el recinto cerrado. Le levantaron en seguida y le pusieron en manos de los cirujanos con pocas esperanzas de vida.


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