Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Ahora bien: ¿creéis, efectivamente, que mi ambición ha llegado a completa madurez y que la ocasión es oportuna? ¡Sacudidas tan gigantescas exigen larga preparación; exigen que los ánimos estén ya dispuestos a soportarlas! Y puesto que estamos de perfecto acuerdo en esto, decidme: ¿creéis que hoy en día está la nación habituada a pensar en un cambio de dinastía?

—¡Se habituaría! —contestó Gabriel.

—Lo dudo mucho —replicó el duque—. He mandado ejércitos, he defendido a Metz, he tomado a Calais, pero esto no es bastante; no me he acercado lo suficiente a la dignidad real. No dudo que hay descontentos, pero los partidos no son el pueblo. Enrique II es joven, inteligente, bravo, y por añadidura, hijo de Francisco I. Es seguro que nadie piensa en deponerle.

—¿Es decir, que vaciláis, monseñor?

—Hago más, amigo mío; me niego. Otra cosa sería si mañana, el día menos pensado, una enfermedad, un accidente imprevisto, arrebatase la vida a Enrique II…

—¡También piensa él en eso! —se dijo mentalmente Gabriel—. ¿Qué haríais, monseñor, si sobreviniese el desenlace imprevisto de que habláis? —preguntó en alta voz.


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