Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Entonces —contestó el duque de Guisa—, como ocuparía el trono un rey niño y sin experiencia, confiado a mi discreción, sería yo, en cierto modo, regente del reino. Y si la reina madre o el condestable intentaban oponérseme, o bien si se rebelaban los protestantes, y por último, si la nación se hallaba en peligro y fuese precisa una mano firme para que empuñase el timón y dirigiese el rumbo, la ocasión se presentaría por sí sola, yo sería casi necesario, y entonces, acaso me decidiría a acoger vuestros proyectos, amigo mío, entonces escucharía seguramente vuestras proposiciones.

—Pero hasta entonces, hasta que muera el rey, lo cual es muy improbable…

—Me resignaré, amigo Gabriel; me contentaré con preparar el porvenir. Si los sueños sembrados en mi pensamiento no germinan, si no dan frutos más que para mi hijo, diré que así lo ha querido el Señor.

—¿Es vuestra última palabra, monseñor?

—La última, sí; pero no por eso agradezco menos la fe que tenéis en mi destino.

—Y yo, monseñor, os agradezco la confianza que os inspira mi discreción.

—Sí: cuanto hemos hablado, debe quedar entre nosotros.

—Ahora, monseñor, permitidme que me retire —dijo Gabriel levantándose.

—¡Cómo! ¿Tan pronto?


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